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¿Quién paga en el mercado laboral?

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Publicado en Radio Universidad de Chile el 7 de diciembre de 2016

Por Alexander Páez, investigador Fundación SOL

Es natural hoy hablar de mercado laboral. Estaremos de acuerdo que todo mercado se sostiene en oferta y demanda de mercancías. En el mercado laboral, la mercancía transada sería entonces la fuerza de trabajo y el precio sería el salario. Sin embargo, el mercado laboral está compuesto de trabajadores productivos  que lo son precisamente para reproducir una unidad mayor a él o ella, su hogar. De esta forma el salario, para ser de mercado debe pagar los costos de (re)producción de tal fuerza de trabajo, así como el comprador paga el costo de producción más un precio de venta al productor directo por cualquier mercancía.

Desde este punto de vista, se produce una contradicción. Los empresarios de forma individual presionan por abaratar los costos de producción, donde los costos laborales son de los más relevantes. Sin embargo, de forma colectiva deben pugnar por abrir más mercados para lograr mercantilizar la mayor cantidad de cosas e instituciones de los cuales obtener una ganancia. Al producir el mercado de la educación, de la salud, de la vivienda, etc. se encareció el costo de reproducción de la fuerza de trabajo al estar obligadas a pagar para poder existir como tal.

A pesar de ello, en Chile la mitad de los/as trabajadores/as perciben menos de 300 mil pesos líquidos (CASEN 2015) por la ocupación principal que es menor a la línea de pobreza para 4 personas que calcula la CASEN, que asciende a 400 mil256 pesos. El salario mínimo de 257 mil pesos es similar a la línea de pobreza para un hogar de dos personas. Es decir, si una pareja donde sólo el hombre trabaja por el mínimo tienen un hijo, serían pobres, a pesar de trabajar jornada completa de forma asalariada. De esa forma el empresario externaliza en el hogar los costos de reproducción de la fuerza de trabajo, no estando incluido en el salario.

Históricamente, los hogares para hacer frente a los bajos salarios, establecieron múltiples estrategias de sobrevivencia, como producción de autoconsumo, intercambio comunitario, trabajo no remunerado, ya sea doméstico o de cuidado o voluntario. Sin embargo, a pesar de que al capitalista individual no le conviene, pero al colectivo sí y éste suele ser más fuerte, la mercantilización ha continuado su curso. La alta población urbana, cerca del 85 por ciento de la población nacional, ha disminuido la producción de autoconsumo al mínimo como realidad nacional,  sólo el 6,8 de los hogares tiene algún tipo de ingreso por autoconsumo [que de todas formas es irrelevante en los ingresos totales del hogar], sube a 13,5 por ciento en las zonas rurales y varía según territorio [NESI 2015]. Esto supone una pérdida importante de autonomía frente al mercado, pero también un incremento relevante de presión al salario, dado el importante aumento del gasto del hogar.

Sin embargo, la externalización más relevante es el trabajo doméstico no remunerado. Donde las mujeres son las principales sostenedoras del sistema en su conjunto, no sólo de la economía doméstica. Esto por dos razones, primero porque se han ido integrando en una larga y lenta tendencia al mercado laboral y su fuerza de trabajo al ser considerada improductiva históricamente es devaluada en relación a la masculina, con lo cual la presión salarial se equilibra, sobre todo porque presiona a mayor mercantilización del hogar para poder hacerse cargo de las labores reproductivas. Segundo, porque sigue siendo la trabajadora doméstica no remunerada que sostiene ahora no solo el bajo salario masculino, sino que también el suyo.

De esta forma, la carga global de trabajo sigue siendo enorme para la mujer, independiente de su relación con el mercado laboral, tienen entre 9 y 11 horas de carga global de trabajo (trabajo remunerado + trabajo doméstico no remunerado). Donde las mujeres que trabajan tienen casi 6 horas de trabajo doméstico no remunerado, y las mujeres que trabajan jornada completa es de 11 horas de jornada global de trabajo diaria, mientras el hombre es de 8,02 horas. En los hogares del primer quintil de más bajos ingresos el 73% del tiempo diario es dedicado a trabajo doméstico no remunerado, en cambio, en el quintil de más altos ingresos es de 44,3%, y es donde se observa la mayor brecha entre hombres y mujeres respecto al trabajo de cuidados no remunerados, las mujeres dedican 3,26 horas y los hombres 1,64. [Según ENUT 2015, INE]

De esta forma, se configura una realidad compleja y contradictoria para los hogares. Que en primer lugar niega la supuesta mercantilización plena de la sociedad, ya que si así fuera, las ganancias no serían tan altas, pues supondría altos salarios para lograr reproducir las unidades domésticas. O bien, la destrucción de la fuerza de trabajo al no pagar los costes de su reproducción. Por lo tanto, tarde o temprano la pérdida de ganancias, dado que las mercancías necesitan venderse a algún comprador.

Y por último, refuerza el hecho de la importancia económica y sistémica de la fuerza de trabajo femenina y la relevancia del hogar como unidad de análisis para comprender las dinámicas desposeedoras del mercado laboral, que de forma contradictoria sostiene su acumulación mercantilizando a pesar de todo.